domingo, 5 de julio de 2026

Polinesia Francesa. Parte 1, Tahití

 


En el viaje en el que en 2.023 circundamos el planeta, nuestra cuarta etapa fue la Polinesia Francesa. Las anterioes, de las que ya he dejado entradas en este blog fueron, por orden cronológico, Tailandia, Melbourne y sus alrededores en Australia y la Isla Sur de Nueva Zelanda. Dejamos ésta en un vuelo de Christchurch a Auckland que, con una breve escala de hora y media, conectaba con el vuelo a Tahití de cinco horas de duración.

Llegada a Papeete en un día muy largo

Ese fue el día que hasta hoy hemos vivido: salimos de Auckland a las 7 de la tarde y llegamos a Tahití el mismo día ¡a la una de mañana! Todavía teníamos por delante otras 23 horas de ese día que iba a durar, por tanto, 47 horas.

A pesar de la distancia, estábamos en la Unión Europea y sólo necesitamos nuestro carnet de identidad para los trámites aduaneros. La moneda, en cambio, no es el euro y tuvimos que cambiar al Franco Polinesio. 

La terminal del aeropuerto está dentro de la ciudad y, para ir a nuestro hotel de esa noche pudimos hacerlo a pie. Al día siguiente por la mañana tomamos un coche de alquiler para poder recorrer toda la isla, pues el transporte público no era muy recomendable.

Vista desde nuestro hotel en Tahití con la isla de Moorea al fondo

Nuestro alojamiento para el resto de la estancia  fue cerca de la Playa Vaiava, en el lado oeste de la isla, con arena blanca, pero sin apenas sombras donde cobijarse y las pocas, muy disputadas. No tiene oleaje y el arrecife, muy cercano a la costa es muy entretenido por la cantidad de peces que se ven. 

La Playa Vaiava tiene uno de los mejores arrecifes para el snorkel en Tahití 


Por la Route de la Ceinture

Poco antes de llegar a Tahití nos llegó un mensaje de la cancelación de una navegación en catamarán al Atolón de Tetiaroa, la  isla que perteneció a Marlon Brando, que nos debía ocupar un día entero de nuestra estancia.

Decidimos dar la vuelta completa a la isla en coche, por la llamada Route de la Ceinture, casi única carretera asfaltada que existe en la isla y que va por el litoral y aprovechar para ver las playas donde poder emplear el tiempo adicional que ahora teníamos.

Comenzamos el recorrido hacia el norte, teniendo que atravesar Papeete, cuyos atascos ya conocíamos del día anterior. La ruta pronto empezó a mostrarnos que Tahití no está orientada para el turismo. Hacíamos kilómetros, siempre con el mismo paisaje: las verjas de las casas a uno y otro lado de la carretera y, de vez en cuando, una vista del mar a nuestra derecha, pero sin apenas lugares donde aparcar o accesos a las playas y sin indicadores de ningún tipo. 

La Route de la Ceinture de Tahití discurre sin muchas opciones de orillarse en sus márgenes

Las playas en esta parte norte son de arena negra y muchas de ellas tienen escolleras artificiales. La construcción de la carretera ha afectado mucho al paisaje del litoral. 

Bahía de Papeno'o

Estas playas, donde hay fuerte oleaje y viento, son las preferidas de los surfistas y en ellas se han celebrado las competiciones de las últimas olimpiadas organizadas por Francia.

Playa de Ahonu, una de las preferidas por los surfistas
 
Playa D'arahoho

Continuamos la ruta sin ver de mayor interés. Ni tan siquiera existían los típicos puestos de carretera donde comprar productos locales o refrescos de frutas tropicales.

De esta manera llegamos a la cascada de Pape'ana'ana, ya en la parte oriental de la isla, que está casi a pie de carretera y donde el agua cae entre el verdor de la vegetación y la roca volcánica negra.

La cascada de Pape'ana'ana

En la pared rocosa de la cascada hay esculpidos en la roca unos petroglifos, que representan a los ancestros polinesios. Allí hay también una roca redonda tallada que debe de haber sido traída de otro sitio. Según parece, este fue un lugar sagrado de los aborígenes, pero no hay ningún panel informativo que diga nada al respecto. los petroglifos y la roca tallada son obra de un escultor más moderno.

Los petroglifos de la cascada de Pape'ana'ana 

Los petroglifos representan a una pareja de aborígenes y un ave

Roca tallada representando el oleaje y peces, además del número 95 abajo a la derecha
Llegando al suroeste, se encuentra la Península de Taravao, que no está rodeada por la carretera litoral. Nos adentramos algo en ella, pero no encontramos nada de interés y volvimos hacia Tahití para ver el sur y oeste de la isla.
Playa de Maui, en la península de Taravao

En las guías de internet habíamos leído que hay un Museo de Gaugin en el jardín botánico de Papeari, en la parte sur de la isla. Allí nos dirigimos, pero tanto el jardín botánico como el museo estaban cerrados por tiempo indefinido.

Así fuimos completando la vuelta a la isla, a un ritmo bastante más rápido del que habíamos pensado y hubiéramos deseado. Hicimos dos paradas más, en las Grutas de Mara’a, unas pequeñas cuevas de donde surge agua dulce que tiene propiedades medicinales y en la playa de Rohotu, que tiene arena blanca y aguas tranquilas, pero con las lindes de las propiedades privadas llegando casi justo a la orilla del mar y sin infraestructuras para el turismo.

Las grutas de Mara'a



Por el interior de la isla


Tahití es una gran caldera volcánica, que le confiere a la isla un paisaje muy montañoso. Tan sólo hay dos carreteras que llegan al centro de la isla, una por el norte y otra por el sur y ambas sin asfaltar. Para adentrarse por ellas se precisa de un vehículo todoterreno.

Concertamos en nuestro alojamiento un tour con unos locales, en el que debíamos de emplear una jornada, incluyendo comida al aire libre. Cuando comenzamos el recorrido comprobamos por el navegador que se pasaron la carretera de acceso por el norte y, ante la insistencia por parte de ellos de visitar lugares donde habíamos estado, finalmente nos dijeron que, debido a un accidente ocurrido hacía poco, el acceso a la caldera estaba prohibido. 

Del interior sólo pudimos ver las cascadas Faarumai, a las que sí se llega por una carretera asfaltada. Se trata de tres saltos de agua, cada uno perteneciente a un río diferente,  que se visitan siguiendo un sendero por el interior de la selva. El recorrido no es dificultoso, pero con mucho calor y humedad.

La primera de las cascadas, la de más fácil acceso, se llama Vahimauta y tiene una caída de 80 metros.

La cascada Vahimauta

Siguiendo el sendero custa arriba unos 15 minutos se encuentran las otras dos cascadas, muy próximas entre sí. La más alta de ellas, de 100 metros de altura, se llama Haamaremare Rahi. La segunda, de unos 40 metros de altura se conoce como Haamaremare Iti.

La cascada  Haamaremare Rahi
 
La cascada  Haamaremare Iti

Las dos cascadas  Haamaremare 

En la visita a las cascadas, a las que se accede por la misma carretera que va al centro de la isla, pudimos ver que había vehículos de agencias turísticas haciendo la ruta y nos enteramos que sólo estas empresas estaban autorizadas para hacer el recorrido. Como la contratación había que hacerla con antelación, tuvimos que renunciar a la visita.

El resto de nuestra estancia en Tahití lo empleamos haciendo snorkel en el lagoon de la playa Vaiava, con mucha fauna y algún coral vivo. No encontramos dónde alquilar una GoPro, así que no pudimos guardar recuerdos de nuestras inmersiones.

Terminamos así nuestra estancia en Tahití, marcada por las dos excursiones frustradas y nos dispusimos a tomar el ferry para trasladarnos a la cercana Moorea, más pequeña pero con mejores espectativas.

 




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